Exposición “Los Dioses de mi Olimpo”

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El rostro de la tierra.-

Si en la isla del Perejil vivía Nausicaa, aquella joven de los laureles que acogió a Ulises; si en el ojo del Estrecho quizá abriera sus puertas la legendaria Atlántida y Hércules separó para siempre a sus columnas, ¿por qué no restaurar en alguna medida ese patrimonio pagano, un panteón de mitos, dioses y semidioses, habitantes de un mar nuestro que durante siglos creyeron que esta encrucijada era el fin del mundo?

Juan Jiménez Zahara, desde su propio nombre artístico, asume un compromiso evidente con la tierra que le vio nacer, esa empinada cumbre de la sierra de Cádiz. Y, ahora, con esta exposición que delata su madurez artística, se liga definitivamente con el lugar que habita, el territorio mestizo y fronterizo del Campo de Gibraltar, a través de una serie de retratos masculinos a los que inviste de una condición mítica: ya anuncia, para una próxima ocasión, otra serie similar a la que titulará “Diosas de mi olimpo”.

Y es que el alma de cualquier lugar concierne a la gente que lo habita: los seres humanos constituyen el auténtico rostro de la tierra. Jiménez Zahara no sólo retrata personajes conocidos en esta encrucijada de destinos, sino que ha elegido unos iconos cómplices por los que siente admiración o afecto y, en algún caso, ambas emociones. Pero, más allá del retrato, en cada pieza formula una alegoría de sus respectivos mundos, ya sugieran valor y fuerza, sabor o sabiduría, mares abiertos o diosas ciegas. Late, en todos ellos, un evidente compromiso de raíces humanistas y un amable sincretismo cultural que reúne a deidades griegas y romanas con elementos bíblicos, como cuando contrapone el símbolo de Pandora con el de Eva. Por lo demás, a efectos temáticos, resulta sugerente la puesta al día de tales referentes: la cima de Prometeo se convierte en el despacho de un tiburón ejecutivo y el buitre que devora eternamente su hígado es el tiempo, un reloj de arena con alas que nos sobrevuela a todos. Y nos sobrevive.

En su paleta, Jiménez Zahara ha querido ser tan promiscuo como en su temática. Y ahí nos encontramos que el realismo convive con el surrealismo y que el expresionismo se besa con el simbolismo. Se trata de rendir cuentas de un viaje plástico personal, que ha durado ocho años desde su anterior muestra individual. En ese tiempo, el pintor ha comprobado que la vida es un rompecabezas que componemos entre todos los mortales; que ningún rumbo tiene sentido sin que nadie lo recorra y que el arte, en el fondo, no significa otra cosa que mirarse a un espejo. Desde Miguelín a Paco de Lucía o a José Chamizo, por citar algunos de los más significativos, en estos semblantes se vislumbra otro, el de un pintor que ha decidido convertirlos en bandera de un confín que decidió hacer suyo y al que ahora lanza esta botella de náufrago que contiene un claro mensaje de amor.

Juan José Téllez

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~ por NandoProjects en 05/11/2012.

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